lunes, 1 de junio de 2020

El velo de la Verónica


El velo de la Verónica

Hay una pequeña, modesta y, precisamente por ello, hermosa película francesa llamada "La lectora". Miou-Miou, obligada a ganarse la vida leyendo en voz alta textos literarios y convertirse así en intermediaria de las encontradas emociones que éstos deparan, decide no exponerse al lascivo placer de unos viejos perversos que han seleccionado unas páginas de Sade para que la bella recree ante sus onanistas oídos las atrocidades imaginadas por el divino marqués. Hasta ese momento, la adicta a los videos porno subtitulado no ha tenido el menor inconveniente en implicarse moral y sentimentalmente en otras lecturas que han desencadenado otras vivencias, pero ahí ha llegado al límite de lo que es capaz de representar y su respuesta es un indignado mutis. El sentido de la fábula es diáfano. La escritura del horror no sólo puede despertar la repulsa, sino también un perverso disfrute. Sade supo del miedo y sobre todo del dolor, ése que siempre carga con su componente de culpa, y se convirtió en su malhadado cronista. El trayecto que va de la experiencia mental al hecho literario es directo e íntimo, • no muy distinto a la generosa impudicia a la que se enfrentan dos amantes dispuestos a llevar hasta el límite los goces de la carne. Si la frontera se cruza, las responsabilidades corresponderán a la conciencia de cada uno o a la justicia.



En el fondo de la memoria

Pero tal y como le ocurría a la ingenua lectora, la cuestión se complica cuando entra el liza la máscara de la representación. La metáfora cinematográfica. En la sala oscura de un cine todos somos neuróticos, como decía Deleuze, fruidores de narcicismo y palomitas indiscriminadamente abocados a una soledad que nos aleja del verdadero objeto y nos vuelve fantasmas: Sharon Stone cruzando y descruzando sus piernas; un cuchillo que rasga un ojo de vaca; el crispado rostro de una madre que sube, en los brazos su hijo muerto, por una escalera o los cadáveres hacinados de las víctimas del Holocausto. Son imágenes de una fragmentación, de la pérdida de identidad que parece erigirse en el símbolo nuestra época. Han sabido golpear nuestro inconsciente con fuerza y se han sedimentado en el fondo de nuestra memoria.

Es difícil aventurar que la ceremonia de la confusión a la que nos ha llevado el hecho televisivo cumpla una función semejante. Si el cine cometió su pecado original -como piensan algunos- optando por la ficción y abandonando -por lo menos de forma masiva y comercialla posibilidad de convertirse en el testigo documental del siglo, la televisión nos devuelve cotidianamente no sólo al Sade devaluado en las alcantarillas de la miseria humana, sino también el verdadero horror, el de las matanzas de Ruanda o Goradze, frente a las que el telespectador, anestesiado por su frecuencia e imprecisión, ha desarrollado mecanismos de autodefensa que desembocan en la indiferencia.



Proceso de saturación

Ya tenemos a las buenas conciencias tranquilamente instaladas en el sillón del cuarto de estar. Son -somos- perversas, enfrentadas a un proceso de saturación abotargante, cálidamente protegidas en la ficción. La ficción se ha apoderado de nuestro universo ¡cónico y es por ello que resulta tan difícil la contestación o la huida. Allá cada cual con su conciencia. Pasolini pensaba en ello cuando a raíz del estreno de "Saló", una recreación de "Los ciento veinte días de Sodoma" trasladada a la Italia mussoliniana, reclamaba su derecho a pegar rotundos puñetazos en la base del estómago, a no cauterizar las heridas del pasado: "Sé que cuando ponen en televisión 'Arde París' todos están con lágrimas en los ojos y tienen unas ganas locas de que la historia se repita, bella, limpia (el tiempo consigue 'lavar' las cosas, como las fachadas de las casas). No bromeemos con la sangre, el dolor y el esfuerzo que gente pagó entonces por 'elegir'. Escoger es siempre una tragedia, pero también resulta algo sencillo. Con la ayuda del valor y de la conciencia, el hombre normal consigue rechazar al fascista de Saló, al nazi de las SS, incluso de su vida interior (donde la revolución comienza siempre). Pero ahora la cosa es más difícil. Alguien viene hacia ti disfrazado de amigo, es amable, educado y 'colabora' (pongamos en la televisión) ya sea para sobrevivir, ya sea porque no es en absoluto un delito".

Muchos han sido los artefactos narrativos que han intentado recomponer los jirones de la memoria para resucitar el exterminio judío

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